Jadeantes y apresurados luego de un largo paseo por el cerro Paraíso, los amigos de cuatro patas llegan para descansar en el interior de sus casas. No se trata de mascotas comunes, ni de un lugar de acogida para perros, ya que aquí quienes reciben la ayuda de los canes son los humanos.

Uno de los jóvenes que acompañaba a los canes, y a quien llamaremos Mauricio, nos contó un poco de su historia y cómo se involucran los perros con su recuperación. El estudiante de 21 años lleva nueve meses con este tipo de tratamiento debido a que sus problemas de conducta y de consumo de drogas. En medio de ejercicios con sus nuevos amigos peludos, Mauricio reconoce que poco a poco su actitud ha ido cambiando. “He descubierto que soy bueno para otras cosas y he adquirido paciencia y tolerancia (...) Lo he notado bastante en mi forma de ser”, señaló mientras les entregaba croquetas a los peluditos.

El perro tiene una característica filogenética para satisfacer al humano, y el humano en cuanto ve al perro empieza a crear un enlace 

 

Como él, varios jóvenes, niños e incluso personas de la tercera edad acuden para recibir la terapia en la que los perros son instrumentos fundamentales. El psicólogo clínico Dorian Vega, del centro Canoterapia Ecuador, explica más a detalle la importante función de los animales: “El perro tiene una característica filogenética para satisfacer al humano, y el humano en cuanto ve al perro empieza a crear un enlace”. El especialista señala que el perro es una herramienta para facilitarte el trabajo o el ‘rapport’ (fenómeno en el que las personas sienten que están en sintonía psicológica y emocional, porque se sienten similares o se relacionan bien), así el paciente se vuelve más accesible.

 En el caso de Vega, él ha trabajado con casos de mujeres violentadas, con jóvenes que tienen problemas de conducta, autismo, adicciones, entre otros. “Los perros incluso te ayudan a medir el nivel de violencia en un niño ya que este se refleja en el trato hacia el can”, esto ayudará a los expertos a poder corregir ese comportamiento.

 Sin embargo, para que el ‘mejor amigo del hombre’ esté listo para involucrarse con la terapia hace falta que siga dos años de entrenamiento y que previo a esto, presente características de comportamiento específicas. La etóloga Fabiola Jiménez menciona que la raza del animal no es un factor relevante, que lo verdaderamente importante es enseñarles desde cachorros y mantenerlos en constante entrenamiento.

 

Ser un terapista ‘guau’

Los perros de terapia presentan alto grado de tolerancia y disposición al manejo, sonidos fuertes y manipulación pero sobre todo una buena socialización con personas y otros animales, según manifiesta Jiménez. El nivel de entrenamiento de estos canes es más avanzado al que se someten las mascotas para recoger el periódico o seguir comandos sencillos como sentarse. Los peluditos empiezan con su preparación durante su etapa de cachorros para enseñarles pautas de entrenamiento básico y medio. A medida que van creciendo pasan por otro tipo de pruebas y según sus habilidades serán destinados para trabajar como perros de terapia o de asistencia (acompañamiento a personas con movilidad reducida, autismo o diabetes). Además, los canes deben ser adaptados a todas las posibles situaciones de la vida diaria.

La profesional en comportamiento canino señala que el tiempo de trabajo de los perros en cada sesión depende del paciente y del objetivo planteado por el terapeuta, todo puede variar entre 10 y 30 minutos. Aunque estén entrenados no significa que estén libres de estrés y cuando un can llega a presentar signos de cansancio, “el guía del perro debe comunicarlo a su equipo de trabajo para evaluar si puede cambiar de perro para continuar la sesión o que el paciente siga trabajando sin ayuda del perro”.

Tanto Jiménez como Vega consideran que trabajar con perros es muy conveniente en especial por el tema del espacio. El entorno de las sesiones siempre varía dependiendo de las necesidades del paciente, pero los peluditos están capacitados para trabajar en ambientes abiertos, semiabiertos y espacios cerrados como la calle y centros comerciales.

El rescate y la adopción son otras maneras en las que los perros han llegado al centro de terapia. Petunia, con un brillante pelaje negro, es una labrador que tiene 9 años y fue adoptada a los 5 meses de nacida sin ningún tipo de selección; al crecer fue desarrollando capacidades y habilidades con los niños, actualmente es quien colabora en el programa de educación asistida en escuelas, colegios y universidades. Así como ella, Luna -una perrita mestiza con uno de sus miembros anteriores atrofiado por un accidente- desarrolló cualidades de manejo y trabajo en niños con discapacidad y con autismo.

 

¿La mascotas normales pueden hacerlo también?

Si bien todos los perros son acompañantes emocionales de su dueño, no se puede decir que las mascotas con un entrenamiento básico se encuentren preparadas para ayudar en terapias. Los expertos consultados concuerdan en que las reacciones de una mascota no son las mismas a las de los perros de terapia. En el caso de trabajar con niños, que usualmente gritan o incluso que pueden ser un poco bruscos al acariciar al animal, una mascota normal reaccionaría a morder mientras que los peluditos, obviamente siempre con la supervisión del equipo profesional, no lo hacen.

La raza no importa

 Por años se ha tenido el concepto de que ciertas razas de perros son muy agresivas y que tenerlas cerca de niños pequeños no es una buena idea. Sin embargo, varios estudios como el realizado en 2017 por la Sociedad Americana de Pruebas de Temperamento, mostró que los pitbull, por ejemplo, están entre las razas más tolerantes con un registro de 87,4% en la prueba de temperamento positivo. En el caso de perros de terapia, casos como el de Oda y Petra confirman lo antes mencionado.

La Etóloga de Canoterapia Ecuador comparte que Oda es una rottweiler que fue abandonada en una casa, posteriormente esta perrita fue entrenada y educada, hasta que la adoptó una familia donde hay un niño con autismo. Petra en cambio es una Pitbull que colaboró en los trabajos grupales en colegios fiscales, lo que demuestra que para ayudar solo se necesita amor.